Solemos pensar que el lenguaje es simplemente una herramienta para expresar pensamientos que ya existen en nuestra mente. Primero pensamos, percibimos o sentimos algo y después buscamos las palabras necesarias para comunicarlo. Sin embargo, la relación entre lengua y pensamiento puede ser mucho más compleja. La lengua que hablamos no solo nos permite describir el mundo: también puede influir en aquello a lo que prestamos atención, en cómo organizamos nuestras experiencias y en las categorías que utilizamos para interpretarlas.
Esta cuestión ha dado lugar a uno de los debates más interesantes de la lingüística y de las ciencias cognitivas: ¿hasta qué punto la lengua que hablamos influye en nuestra manera de pensar?
Del determinismo lingüístico a la relatividad lingüística
Uno de los nombres más asociados a este debate es el de Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf. La llamada hipótesis Sapir-Whorf se ha interpretado de diferentes maneras, pero suele distinguirse entre una versión fuerte y una versión más débil.
La versión fuerte, conocida como determinismo lingüístico, sostiene que la estructura de una lengua determina la manera en que sus hablantes pueden pensar. Esta interpretación resulta demasiado rígida: las personas no están limitadas por las categorías de su lengua. Podemos comprender conceptos que no tienen una palabra específica en nuestra lengua, aprender nuevas formas de categorizar la realidad y adoptar perspectivas diferentes.
La idea de la relatividad lingüística plantea una posibilidad más interesante: la lengua no determina nuestro pensamiento, pero puede influir en determinados hábitos cognitivos. Las estructuras y categorías que utilizamos constantemente pueden hacer que algunos aspectos de la realidad sean más visibles o relevantes para nosotros.
La diferencia entre ambas posiciones es fundamental. No pensamos de una determinada manera simplemente porque hablamos una determinada lengua, pero nuestra experiencia lingüística puede participar en la forma en que organizamos esa realidad.
La lengua como una forma de organizar la experiencia
Podemos observar esta relación en cuestiones aparentemente sencillas, como la manera de hablar del espacio.
En algunas lenguas, las personas utilizan principalmente referencias relativas como «a la izquierda» o «a la derecha». En otras, tienen un papel mucho más importante las direcciones absolutas, como norte, sur, este y oeste. Para un hablante acostumbrado a utilizar estas referencias constantemente, orientarse en el espacio puede convertirse en una actividad cognitiva mucho más presente en la vida cotidiana.
Esto no significa que los hablantes de una lengua tengan una percepción completamente diferente del mundo. Significa que el uso habitual de determinadas estructuras lingüísticas puede hacer que prestemos atención de manera más constante a ciertos elementos de nuestro entorno.
Algo parecido se ha estudiado en relación con los colores, el tiempo, el género gramatical y la manera de describir acontecimientos.
La forma de hablar del tiempo
El tiempo constituye otro ejemplo interesante.
En muchas lenguas utilizamos metáforas espaciales para hablar de acontecimientos temporales. Decimos que algo «está por delante», que dejamos «el pasado atrás» o que esperamos con ilusión «lo que viene». Estas expresiones convierten una experiencia abstracta en algo que podemos imaginar espacialmente.
Las diferentes lenguas pueden organizar estas relaciones de maneras distintas. Esto no significa que sus hablantes tengan conceptos completamente incompatibles del pasado y del futuro, pero sí demuestra que el lenguaje proporciona diferentes recursos para estructurar y comunicar experiencias abstractas.
En otras palabras, no existe necesariamente una única manera lingüística de organizar una experiencia humana.
¿Qué ocurre cuando hablamos más de una lengua?
La cuestión se vuelve todavía más interesante cuando pensamos en las personas bilingües y multilingües.
Hablar diferentes lenguas implica pasar de un sistema lingüístico a otro, pero también enfrentarse a diferentes estructuras gramaticales, expresiones, convenciones comunicativas y asociaciones culturales. Una misma experiencia puede adquirir matices diferentes dependiendo de la lengua que utilicemos para expresarla.
Esto no significa que una persona bilingüe se convierta literalmente en una persona diferente al cambiar de idioma. Sin embargo, cambiar de lengua también puede significar cambiar de contexto comunicativo y activar diferentes referencias culturales, recuerdos o formas habituales de expresarse.
Para quienes viven entre varias lenguas, estas no son únicamente herramientas para transmitir información. También pueden convertirse en formas diferentes de acercarse a una misma realidad.
¿La lengua cambia nuestro pensamiento o simplemente lo refleja?
Quizás la respuesta más interesante sea que la relación entre lengua y pensamiento funciona en ambas direcciones.
Nuestras experiencias influyen en las lenguas que utilizamos, mientras que las categorías y estructuras lingüísticas pueden influir a su vez en la manera en que organizamos esas experiencias. A esto se suman la cultura, la educación, el contexto social y las experiencias individuales.
Por eso resulta difícil afirmar que una lengua produce automáticamente una determinada forma de pensar. Los seres humanos no somos prisioneros de nuestra gramática. Podemos aprender conceptos nuevos, comprender perspectivas ajenas y encontrar diferentes maneras de expresar una misma idea.
Pero esto no significa que la lengua sea irrelevante.
Las palabras que utilizamos, las distinciones que hacemos habitualmente y las estructuras que repetimos pueden orientar nuestra atención y contribuir a la manera en que interpretamos determinadas experiencias.
Vivir entre lenguas
Quizás esta relación se hace especialmente evidente cuando aprendemos otro idioma.
Aprender una lengua no consiste simplemente en memorizar palabras y sustituirlas por sus equivalentes en otro idioma. También significa descubrir diferentes maneras de expresar emociones, relaciones sociales, tiempo, espacio, cortesía e identidad.
Por eso aprender una lengua puede implicar algo más que adquirir una nueva herramienta de comunicación. También puede enseñarnos que una misma experiencia no tiene necesariamente una única forma de ser expresada o interpretada.
Pasar de una lengua a otra nos obliga, en cierta medida, a adoptar diferentes perspectivas sobre aquello que queremos comunicar.
Reflexiones finales
La lengua probablemente no determina aquello que podemos pensar. Sin embargo, puede influir en lo que observamos, en cómo clasificamos nuestras experiencias y en las diferencias que nos resultan más familiares.
Por eso quizá la pregunta más interesante no sea si una lengua determina nuestro pensamiento, sino cómo interactúan lengua, pensamiento y cultura para construir nuestra experiencia del mundo.
Cada vez que elegimos una palabra, describimos una experiencia o pasamos de un idioma a otro, no estamos simplemente transmitiendo información. También estamos utilizando uno de los sistemas mediante los cuales los seres humanos interpretamos y damos sentido a la realidad.

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